La superación está en ti.

Esta mañana me he levantado con mariposas en la cabeza, sí, en la cabeza. He sentido que mi mente volaba de admiración por la vida. He visto como mis ojos se enamoraban de las plantas de la ventana. Me he sorprendido a mi misma sintiendo el color de sus pétalos en mis terminaciones nerviosas. Me he dicho a mi misma “Inés, hoy es el día en que vas a volver a escribir”.

Se que mi amigo tiene razón. La diferencia entre un escritor profesional y un amateur radica en el cuando. Los que escribimos por placer lo hacemos cuando tenemos ganas, cuando nos sentimos inspirados. Los escritores de verdad, los que se dedican al mundo de las letras, escriben siempre. Aunque no tengan ganas o no sea un buen día.

Trabajar es trabajar. El momento no se busca, se da. Y es cierto. Sin embargo hoy mi ventana me habla. Me dice que sienta el viento en mi nuca y escriba sobre las cosas que llevo tiempo pensando sola.

Hoy quiero hablar de mi madre. Llevo tiempo queriendo expresar lo orgullosa que me siento de ella.

Mi madre es una mujer generosa. Tiene garra. Es una luchadora innata. Es la primera persona con la que puedes contar. Es soporte y es amor. Mi madre es un ejemplo de superación y entereza. Es muy sensible y a la vez muy fuerte. Es femenina, soñadora, emprendedora, trabajadora y dulce.

La he visto cambiar con los años. La he visto, con orgullo, superarse a si misma. He presenciado como se anteponía a todos los obstáculos con los que se ha encontrado en su vida: la crianza de tres niños, mudanzas, cambios, nuevos destinos, malos momentos, funerales, crisis, épocas de poca bonanza, giros en el guion, etc.

Mi madre ha antepuesto muchos de sus deseos a nuestros progresos. Nos ha dado la vida a mis hermanos y a mí. Nos ha ayudado a crecer, a diferenciarnos, a buscarnos a nosotros mismos. Nos ha apoyado, respaldado y empujado.

Se que lo que acabo de escribir es prácticamente la definición de lo que significa ser madre: sacrificio, amor, educación, valores, límites y entereza.

Soy consciente que todas las madres de este mundo tienen escritas estas palabras en su venas. Pero hoy, siento tanta gratitud y tanto orgullo que por fin he entendido lo que realmente significa un amor tan incondicional como este. Un amor que se dona, no se invierte. Un amor que perdura a los buenos momentos. Un amor que germina y madura desde la máxima pureza. Un amor que nos define como individuos.

Mi madre es un ejemplo para la sociedad. Para mí es una invocación y una meta. Es un recuerdo del cambio en su significado oriental. Es pura evolución. Porque mi madre no se queja, mi madre lucha.  Y ahora con más de media vida a sus espaldas, después de haber hecho todo lo que podía haber hecho por su familia, ha levantado un negocio.

Ha abierto las puertas de su consulta con la misma dedicación e ilusión con las que lo hace todo. Y esto me honra de tantas formas que no puedo expresar con letras el valor que esto tiene para mí. Ella dice con facilidad “Si yo puedo luchar por lo que quiero a mi edad, todo el mundo puede. El éxito requiere esfuerzo pero no es imposible. Sólo hay que levantarse cada día y hacer lo que es necesario hacer”.

En una sociedad donde hay tanto desempleo y se precisa de tanto empuje, que existan personas como ella nos ayuda mucho a todos.

Sé que se me llena la boca con todo lo que estoy expresando hoy, pero también se que es cierto. La vida es hoy. La vida es esto. Somos nosotros, las personas, las situaciones, el sol , el viento, las relaciones, los obstáculos y las batallas.

Hay que luchar por lo que creemos. No os rindáis. Se puede. Ella me lo demuestra cada día.

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Cuento

Un cuento: mi moto.

Mi moto se rompió. Quedó completamente destrozada sobre el asfalto. Las luces delanteras quedaron plenamente desquebrajadas. Minutos antes estaban intactas. Funcionaban perfectamente mostrándome la carretera. Una carretera vacía, nocturna y tranquila.

Yo iba tranquila, guiada por las rayas del asfalto y la luz que se formaba sobre el suelo, a medida que mi motocicleta se deslizaba por encima. Mi moto era segura, era bonita y me llevaba a todos sitios. Era mi vehículo favorito. La usaba para todo. Incluso para comprar el pan, aunque la panadería estuviera cerca y no la necesitara para nada. Daba igual, la cuestión no era a donde ir, si no usar la moto. Mi moto.

A pesar de lo conveniente que era mi moto, no lo vi venir. Mis luces no me mostraron el desastre. No supieron prever el impacto que provocaría aquel coche. Simplemente volé. Salí por los aires arrollada por otra persona, que circulaba sin tener en cuenta, que yo iba en mi moto favorita. Volé, subí muy alto y me caí de golpe. Me rompí la pierna, fracturándome el fémur. Sangré por mis manos y mi costado. Perdí mi vehículo, mi definición y mis ruedas, con un sólo golpe.

Desde aquel día no tengo automóvil. Soy una de los cien habitantes, de todo el planeta, que no va en moto. Ahora simplemente soy un peatón.

La gente suele pasar por mi lado mirándome con asombro. Las personas no suelen comprender que yo no viaje en moto. Todos tienen una. ¿Por qué iba alguien querer ir a pie, pudiendo usar una moto?

No les culpo. Les entiendo perfectamente. Yo antes era igual que ellos. Mi moto lo era todo para mí. Las ruedas, la carretera, mi casco, las luces y mis manos. No necesitaba nada más. Además mi moto tenía un asiento marrón chocolate de cuero. Era amplio y cómodo. Ideal para viajar sola confortablemente. No era una moto para dos, es cierto. Tampoco me compré la moto con esas pretensiones. Me la compré para mí. Lo hice con dieciocho años y los bolsillos llenos de sueños. Lo único que quería era disfrutar del viaje, de las vistas y el viento. Para lo demás ya tendría tiempo. Pero eso sería más adelante. Cuando la vida llamase a mi puerta y me presentase una lista de obligaciones.

El problema siempre radico en lo mismo. Nunca se presentaba el momento idóneo para tomar decisiones. Tal vez porque me dejé llevar, sin pensar. Sin proponerme nada. Total…la vida es eterna cuando nos creemos inmortales.

Pero la vida se da. No se puede planificar, ni escribir un guión sobre ella. La vida se vive, no basta con soñarla, porque a veces, se presenta en formatos que no esperamos, ni deseamos. En algunas ocasiones la vida te pide que mueras para volver a nacer. Eso fue exactamente, lo que me pasó a mí. Me quedé completamente desnuda, tirada sobre el asfalto, contemplando la imagen de mi moto destrozada.

Me tuve que levantar desorientada, vacilando y con miedo. Había pasado tanto tiempo encima de esas ruedas, que parte de la carrocería se había mezclado con mi propia piel. Me costó mucho tiempo separarme de mi misma, coger perspectiva y descubrirme desde mis cimientos. Meses de lágrimas, de soledad y búsqueda. Una búsqueda que en muchas ocasiones la sentí errática. Tal vez porque la inmediatez en un mundo tan grande, no existe. No es del todo real. O porque llegado a ese punto, en el que necesité conectar del todo con quien era, con mi esencia más espiritual y pura, lo tangible y lo efímero dejó de funcionarme.

Me convertí en una errante. Llegaba a un sitio remoto en el mundo, echaba un vistazo, lo probaba, lo saboreaba, lo hacía mío y me marchaba.

Viajé mucho. Años de caminos largos a pie. Conocí a muchísima gente. Personas que nunca me hubiera imaginado encontrarme en el mundo. Personas que no habría conocido de no ser por mis viajes. La mayoría de ellas, me hablaban desde sus motos. Sorprendidas de que existiera alguien como yo en este mundo.

Yo me paré con cada una de ellas a hablar. Les conté todo lo que había visto, y respondí a sus preguntas. Cualquiera que quisieran hacerme. Me divertía con sus intrigas. Aunque se repitieran las mismas preguntas, nunca estaban formuladas de la misma forma. Aprendí mucho de cada persona. De su forma de mirarme, de hablarme o de interesarse por mí.

Dejé de tener prisa. El tiempo se convirtió poco a poco en otra cosa. En su lugar, me dediqué a disfrutarlo. Decidí compartirlo con quien estuviera dispuesto a ver el mundo a través de mis ojos. Para mí, eso ha sido lo mejor de todo durante este tiempo: la versatilidad del ser humano.

No obstante, el camino no ha sido fácil. Algunas veces siento que no se quien soy sin mi vieja moto. Simplemente porque a veces dudo, de la forma que tienen mis pies y mis manos por si mismas. Como si el mundo sólo tuviera sentido cuando se surca sobre ruedas.

Cuando me miro y descubro mi cuerpo en este nuevo estado, me invade la confusión. Se me entrecorta la respiración y siento que el suelo no es del todo firme.

Me gusta cerrar los ojos cuando esto pasa. Levantar la cabeza y sentir como el viento mece mi pelo. Así conecto con mi luz. Esa llama iridiscente que me da paz en las noches oscuras. Ese brillo que me recuerda porque empecé mi viaje. Como una voz que me susurra al oído todo lo que antes no era. Así es como me oigo. Así es como conecto con todo lo que quiero en esta vida.

Necesito que el mundo se acomode a mis pasos y no al revés. Quiero descubrirme en un mundo sin ruedas. Sentir como el aire toca mi cara. Disfrutar de la quietud, viendo como los demás pasan con prisa, sin llegar nunca a pararse. Lo veo cada día. El movimiento eterno para no pensar, para no sentir. Aquí no hay nadie que mire el cielo y disfrute de las pequeñas cosas. La gente se pierde lo mejor de este planeta, por llegar a tiempo a un sitio del que saldrá con prisas.

Si no me hubiera caído de mi moto, hoy seguiría en marcha hacia ninguna parte. Con las ruedas en el asfalto sin pensar, sin saber a donde dirigirme, simplemente por la necesidad imperiosa de seguir moviéndome.

Pensaba que la culpa era mía. Que tenía un problema que me incapacitaba. Que mis manos no volverían a ser las mismas después de un accidente como el que tuve. Lo creí de verdad. Me convencí de ello porque quise creérmelo. Nadie me dijo jamás, que podía simplemente necesitar perderme. La gente no cuenta esas cosas. Entre otras cosas porque a veces no sabemos que tenemos más opciones. Nos creemos que sólo podemos ser una versión de nosotros mismos. Como si el verbo estar significara lo mismo que el verbo ser.

Yo soy la prueba viviente de que eso no es así. Ahora duermo en los parques. Como sola entre kilómetros de espacio vacío. Veo el mar y me hago preguntas. A veces es difícil, el mundo es muy grande, y no sé cuales son las rutas, las preguntas ni las respuestas. Yo sólo voy a pie. Mi ritmo es más lento que el de los demás habitantes de este planeta. La mayoría del tiempo pienso que nunca encontraré el camino. Que nunca sabré exactamente que estrella marca el norte.

Otras veces, en los días buenos, ocurren cosas que no se pueden experimentar cuando tienes ruedas. Cuando no tienes nada y no pretendes abarcarlo todo, puedes experimentar momentos de suma libertad. Puedes encontrar paz y calma en la inmensidad del amor a la vida. Consigues saber, que por un instante, eres completamente dueño de quien eres.

Así, fue como poco a poco, conseguí desprenderme de mis partes más artificiales. Conectando con mi esencia más innata. La parte más visceral que había enterrado al fondo de mi cuerpo. Debajo de un montón de problemas corrientes. Tras una capa de ilusión postergada, a un tiempo en el que todo fuese mejor. A un momento donde los astros se alineasen y la vida fuese perfecta para vivirla y disfrutarla. Que confundida estaba. Antes no sabía que la vida era hoy.

Tal vez ahora, cuando cojas tu moto, y sientas la carretera, la vida siga en su sitio. Puede que tus ruedas estén hinchadas y preparadas para rodar con vigor. Seguramente el motor sonará con música, la suya y la tuya. Un sonido mezclado por el paso de los años. Bajarás el visor de tu casco y emprenderás el camino que te lleve al sitio al que ansías llegar. Puede que mientras esto ocurre, a tiempo que cumples con el itinerario de tu viaje, me veas a lo lejos andando descalza. Es posible que la imagen te sorprenda y te preguntes que hago allí. La carretera seguirá su curso y yo pararé a tumbarme en la tierra mojada, para disfrutar del cielo.

¿Y tú?, ¿Cuándo fue la última vez que paraste?

 

 

 

 

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Escúchate

A veces nuestro cuerpo nos habla. Lo sabemos porque notamos señales que proceden de distintas partes de nuestro organismo. Puede que no sean muy importantes a nuestros ojos, pero están ahí. Las notamos casi diariamente, aunque se presenten de formas muy distintas: un leve cosquilleo en las manos, una punzada en el estómago, un dolor de cabeza que se agudiza a medida que transcurre el día, nervios, sudores, etc.

Nuestro cuerpo nos habla de lo que nos incomoda e inquieta, antes de que nosotros seamos conscientes de ello. Nos recuerda y nos señala que algo no va bien. Nos pide que nos percibamos de verdad, que le demos una voz a todas aquellas cosas que nos estresan, que nos paralizan y nos bloquean.

A veces simplemente no sabemos como darle cavidad a esos sonidos. Podemos sentarnos y darnos cuenta, que lo que nace de nuestro estómago no es sólo acidez. Puede ser miedo, estrés, tristeza, agotamiento o frustración.

Escucharse es difícil, requiere mucho esfuerzo. Para escucharse hace falta valor. Hay que cerrar los ojos y abrir los oídos a todas nuestras sensaciones, sin juzgarse, sin pretender nada más que ser sinceros con nuestro mundo interno. Conlleva ser realista, aceptar nuestras emociones tal cual se presentan, aunque nos duelan, nos inquieten y no estemos acostumbrados a vivirlas de esa forma.

Escucharse es el primer paso del camino. Parece una nimiedad, una cuestión sencilla, pero no lo es, porque cuando te escuchas de verdad, cuando buscas en tu interior las cosas que no funcionan y duelen, hay una parte de nosotros que nos exige un cambio.

Los cambios pueden ser los monstruos más aterradores de nuestra época. Un cambio exige: fortaleza, movimiento, lucha, esfuerzo, sudor y lágrimas. Cambiar conlleva salir de nuestra zona de confort, poner un pie en tierras desconocidas y tomar aire. Avanzar, a veces implica, perderse y encontrarse en nuevo sitio.

No siempre podemos permitirnos dar ese paso. Algunas veces, empezar a escucharnos, es demasiado complicado para nosotros. Incluye demasiadas cosas que no sabemos gestionar, ni poner en marcha. Por eso, en determinadas ocasiones, terminamos protegiéndonos. Buscamos un lugar seguro y nos resguardamos hasta que llega el momento propicio.

Cuando el día llega, lo sabemos. Somos plenamente conscientes porque lo oímos. Como un pequeño “click” que se hace eco al final de nuestra mente. Un sonido que no nos abandona por mucho que nos frustre oírlo. Ahí es cuando empieza la escucha, ahí es cuando empezamos a andar.